viernes, 18 de abril de 2014

VIERNES SANTO. PASIÓN,MUERTE Y RESURRECCIÓN

Viernes Santo: El camino del perdón




Jesús sufrió una muerte violenta. Su crimen   ser fiel a la verdad predicada y por hacer el bien.
Aunque parezca increíble su  vida y sus principios atrajeron la furia de muchos.

La muerte en una cruz constituía una pena denigrante, tanto que estaba destinada sólo para los esclavos, los provincianos y los criminales más bajos. (Ver la crucifixión)

No era común, por ejemplo, que se crucificara a un ciudadano romano; ellos tenían derechos que los protegían para no recibir esa muerte. Era una muerte infamante. Pero Jesús, siendo judío, y habiendo atentado con sus enseñanzas contra las más preciadas instituciones religiosas y políticas, tanto romanas como judías, fue condenado al vilipendio de la cruz. El escándalo de la cruz, la humillación de la cruz.,






¡Crucifícale!, fue el grito enfurecido de una turba de fanáticos que creían que Jesús debía morir a causa de su irreverencia. Y de no ser el Mesías todopoderoso que los liberaría del yugo romano.



Caifás, como sumo sacerdote, convino con la muerte de Jesús por considerarlo un blasfemo.



 







Anás, sacerdote suegro de Caifás, investigó a Jesús y decidió que era oportuno darle muerte porque sus palabras eran una agresión al orden religioso de su tiempo.






Herodes Antipas, el gobernador, y Poncio Pilato el procurador, se burlaron de él y profirieron la sentencia por conveniencias políticas.









Todos por igual, religiosos y políticos, ciudadanos y gobernantes, concertaron la muerte de Jesús y juntos lo condujeron al castigo de la cruz.  Y desde esa crucifixión original, ¿cuantas veces lo hemos crucificado?...

Los religiosos, los políticos, los que lo querían muerto, no tuvieron piedad, no pudieron tolerar, no  soportaron que sanara a un paralítico porque lo había hecho el día equivocado; no admitieron que se acercara a los marginados y excluidos; no aceptaron que hiciera milagros sin el consentimiento de la jerarquía religiosa; no asintieron que el amor, como él decía, fuera la ley suprema de la vida.

Fue perseguido por presentar el rostro generoso de Dios y por hacer presente, por medio de sus acciones, la bondad de ese Dios.
Todo esto irritó a quienes se arrogaban la supremacía de la fe y creían que el poder político era intocable.
Pasados 2000 años esto sigue irritando a los que se arrogan la supremacía de la fe, o que quieren que nada cambie para mantener sus prerrogativas exclusivamente sociales  y políticas.


Jesús murió en medio de una oscura trama de equívocos humanos. Es cierto. Pero su muerte tenía propósitos que trascendían el límite de esa historia terrenal en cumplimiento de los propósitos establecidos por Dios para la humanidad entera.  
He aquí el nudo central de la historia de la humanidad.

En la cena de la noche anterior había dicho: «Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados» (Mateo 26.28).





Jesús vivió en función de los demás y murió en coherencia con ese mismo destino.
Se entregó en la cruz y lo hizo para que todos tuviéramos perdón de pecados; esa fue una entrega consecuente con su vida de servicio.
Nada de absurdo había en ella; tampoco nada parecido a un inesperado y trágico final.

La muerte de Jesús es una expresión del amor de Dios; gracias a ella es posible el perdón del Señor: «El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que, ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados quedaran perdonados» (1 Juan 4.10).






Es el perdón de Dios y la reconciliación con él lo que está en el centro de la celebración del Viernes Santo. Podemos, entonces, entablar una nueva relación con Dios; estar en paz con él, coexistir en relaciones armoniosas con los demás —que cuánta falta nos hace en este momento de guerras infames—, y vivir una existencia reconciliada con nosotros mismos y con la creación.

Todo eso es posible por medio del crucificado quien se entregó y nos amó para que la entrega y el amor sean posibles entre nosotros. ¡Un mundo distinto es posible!






"Jesús Nazareno, Rey de los judíos". Jn. 19, 19. Estas son  las palabras del título que Pilatos hizo escribir sobre la Cruz.


Jesús quiere decir Salvador, así que ha muerto porque es salvador y para salvar hacía falta morir.

Rey de los judíos, o sea que es Salvador y Rey al mismo tiempo. Judío significa "confesar"; por tanto es Rey pero de solo aquellos que le confiesen, y ha muerto para rescatar a los confesores; si, realmente ha muerto y con muerte de cruz.

Ahí tenemos pues, las causas de la muerte de Jesucristo: la primera, que era Salvador, santo y Rey; la segunda, que deseaba rescatar a aquellos que le confiesen.

Pero, ¿no podía Dios dar al mundo otro remedio sino la muerte de su Hijo? Ciertamente podía hacerlo; ¿es que su omnipotencia no podía perdonar a la naturaleza humana con un poder absoluto y por pura misericordia, sin hacer intervenir a la justicia y sin que interviniese criatura alguna?

Sin duda que podía  porque es el Maestro y Dueño soberano y puede hacer todo lo que le place. Ciertamente pudo rescatarnos por otros medios, pero no quiso, porque lo que era suficiente para nuestra salvación no era suficiente para satisfacer su Amor.

Y que consecuencia podríamos sacar sino que, ya que ha muerto por nuestro Amor, deberíamos morir también por ÉI, y si no podemos morir de amor, al menos que no vivamos sino sólo para ÉI.

Gran parte de lo que les presento fue sacado del Sermón de San Francisco de Sales. Viernes Santo, 25 de marzo de 1622. X, 360.


No es intención profundizaren los aspectos dolorosos de las torturas inferidas, mas bien en hacer notas que nuestro Señor elige como trono triunfal, una –cruz, una cruz que siendo el símbolo de la muerte por su acción se transformará en síntesis y esperanza de vida nueva de Redención de triunfo sobre la muerte y sobre nuestros pecados



FVD

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