viernes, 8 de julio de 2016

TEXTOS SELECTOS DEL DOCUMENTO DE LA CEA SOBRE EL BICENTENARIO




Textos selectos del documento de la CEA sobre el Bicentenario (3 al 14) para la reflexión, predicación, incorporación a la liturgia, según el parecer de cada uno durante este fin de semana patrio.


 3. Con renovado espíritu, queremos volver la mirada sobre aquella primera generación de argentinos, que interpretando un creciente sentimiento de libertad de los pueblos a quienes representaban, asumieron la grave responsabilidad de encauzar los ideales americanistas. Nos detendremos solamente en ese momento fundacional que estamos celebrando.

 4. El Congreso reunido en Tucumán no fue un suceso improvisado ni falto de ideales. No hace mucho tiempo decíamos: «América, integrada políticamente a España, no fue una mera repetición cultural, ni de España ni de las culturas precolombinas. Los representantes de los pueblos que integraban las Provincias Unidas del Río de la Plata estaban muy identificados con las expectativas que había despertado la Revolución de 1810.




 5. El Congreso quedó compuesto por treinta y tres representantes de las Provincias Unidas del Río de La Plata, entonces mucho más extenso que nuestro actual territorio.
 6. Los congresales comenzaron a sesionar el día 25 de marzo de 1861 y al inaugurar el Congreso «después de asistir a la Misa del Espíritu Santo, que se cantó para implorar sus divinas luces y auxilios», juraron «conservar y defender la Religión Católica, Apostólica y Romana.


7. Atraídos por lo que consideraban «la hora de la patria», los treinta y tres diputados que llegaron a destino, «llenos de santo amor de la justicia», sesionaron en una modesta y típica casa colonial, cedida y adaptada por una familia patricia para los encuentros y deliberaciones que harían historia. Allí mismo, en la mañana del 9 de julio de 1816, no sin trascendente inspiración y por aclamación espontánea y unánime, coincidiendo las voluntades en la independencia del país, «invocando al Eterno que preside el Universo, en nombre y por autoridad de los pueblos que representaban»[1] rubricaron la gloriosa Carta Magna de la República Argentina.


8. De los veintinueve diputados que firmaron el Acta de la Independencia, dieciocho eran laicos y once sacerdotes de ambos cleros, secular y religioso. Está claro que los representantes al Congreso coincidían en principios éticos inspirados en el humanismo cristiano, y sus convicciones quedaron reflejadas en las escasas fuentes que han llegado hasta nosotros de aquella soberana asamblea. El Congreso expresó su voluntad de incluir y comprometer a los pueblos indígenas en el proceso emancipador, cuando mandó traducir el Acta de la Independencia en las lenguas generales que se hablaban en el norte de las Provincias Unidas: en aymara y en quechua. La traducción al guaraní para los pueblos del Litoral y la Mesopotamia, no llegó a destino porque no enviaron sus representantes.








9.       9. Para fortalecer los vínculos de unidad con los pueblos de América del Sur y las naciones del mundo libre, enviaron dos «Manifiestos»: ellos son los antecedentes remotos que revelan la convicción de formar parte de la Patria Grande. Con esa intención enviaron a diferentes estados de América y Europa: El «Manifiesto del Congreso de las Provincias Unidas de Sud América a los pueblos» (1° de agosto de 1816) y el «Manifiesto al mundo del Congreso de Tucumán» (25 de octubre de 1817).

10.   10. La Nación «independiente y libre» se gestó en una «pequeña provincia» de la Argentina profunda, entonces muy vulnerable por sus escasos recursos y el avance realista. Los congresales hicieron de una «casa de familia» un espacio fecundo, donde se desarrolló una auténtica deliberación parlamentaria. Esta casa, lugar de encuentro, de diálogo y de búsqueda del bien común, es para nosotros un símbolo de lo que queremos ser como Nación.


11.   11. En ese ambiente doméstico, los diputados de lugares tan distantes se vincularon como hermanos, motivados por la causa suprema que los convocaba. Si bien por momentos dominó el disenso en prolongadas sesiones, la comunión en lo esencial hizo que el diálogo razonable superase las diferencias y primó el interés común, dejando que las ideas reflejasen con fidelidad el sentir de los pueblos y familias que representaban, coincidiendo plenamente en las más nobles aspiraciones federales.





12.   12. Así, con la consigna de «conservar la unidad», nos legaron el Acta fundante de nuestra argentinidad, y a riesgo de sus propias vidas, «llenos de santo ardor por la justicia», prometieron ante «Dios y la señal de la Cruz» sostener «estos derechos hasta con la vida, haberes y fama»[2]. De esta manera quedó plasmada, en un breve texto, la fe profesada y el destino de la Patria en el concierto de los pueblos soberanos.

13.   13. Los congresales pensaron en nosotros, y no cabe duda de que somos la razón de la sacrificada y riesgosa entrega de sus vidas, tiempo e intereses, que sin titubeos nos ofrecieron. El ideal de vivir la Argentina como una gran familia, donde la fraternidad, la solidaridad y el bien común incluyan a todos los que peregrinamos en su historia, está muy lejos de haberse alcanzado. La independencia y libertad proclamadas hace dos siglos, no siempre se tradujo en tiempo de paz y progreso para todos.

14.   14. Animados por la puerta esperanzadora que nos abre el Jubileo de la Misericordia, queremos volver con gratitud a la fuente de la reserva moral, ética y religiosa, que animó a quienes declararon la Independencia y nos legaron una clara identidad cultural.








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